La Historia se repite

No todos los artistas e inventores a lo largo de la historia han estado de acuerdo con proteger sus invenciones mediante la llamada propiedad intelectual (en nuestro caso, patentes o derechos de autor). Pese a ser una posición que difiere de la nuestra en algunos puntos, son opiniones pocas veces publicitadas, y merecen ser escuchadas por todo el mundo. He aquí algunas muestras:

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. Quizá escribió la primera liencia libre en Español, al comienzo de su “Libro de Buen Amor”:

Qualquier omen, que lo oya, si bien trovar sopiere, puede más y añadir et emendar si quisiere, ande de mano en mano a quienquier quel’ pidiere, como pella a las dueñas tómelo quien podiere. Pues es de buen amor, emprestadlo de grado, non desmintades su nombre, nin dedes refertado, non le dedes por dineros vendido nin alquilado, ca non ha grado, nin graçias, nin buen amor complado.

En 1710, en Inglaterra, se aprobó el llamado Estatuto de Ana, la primera ley de Copyright. Antes de ello, los libreros (actuales editores) tenían la propiedad a perpetuidad de las obras compradas. En 1731, tras la expiración del “copyright” de Romeo y Julieta, los libreros solicitaron al parlamento la prórroga de los 21 años de propiedad exclusiva sobre la obra. Shakespeare nunca vio un duro. La respuesta del parlamento fue simple:

No veo razón para conceder ahora un nuevo plazo, lo cual no impedirá que se conceda una y otra vez, con tanta frecuencia como expire el antiguo; así que si esta ley se aprueba, establecerá de hecho un monopolio a perpetuidad, cosa que con razón es odiosa a los ojos de la ley; será una gran traba al comercio, un gran obstáculo al conocimiento, no supondrá ningún beneficio para los autores, pero sí una gran carga para el público; y todo esto sólo para incrementar las ganancias privadas de los libreros.

Más tarde, Benjamin Franklin (inventor del pararrayos, lentes bifocales, co-creador de la declaración de independencia), en su autobiografía, escribió sobre las patentes:

En 1742, inventé una estufa abierta para caldear mejor las habitaciones y al mismo tiempo economizar combustible a medida que ingresa el aire fresco. [...] Para promover esa demanda, escribí y publiqué un folleto bajo el título: ‘Informe acerca de un nueva estufa en Pennsylvania; en el que se detallaba su construcción y forma de operación en forma detallada; se demuestran sus ventajas con respecto a cualquier otro método de calefacción de las; se responden y aclaran todas las objeciones a su uso, etc. [...] El gobernador Thomas [Jefferson] quedó tan satisfecho con la construcción de ese horno, tal como se describió, que me ofreció una patente para la venta exclusiva durante un cierto período. Me negué, sin embargo, basado en el principio que siempre prevaleció en mí en tales situaciones: una vez que obtuvimos ventajas de los inventos aleatorios, debemos estar felices por la oportunidad de servir a los demás con nuestros propios inventos, y eso se debe hacer en forma gratuita y generosa

Es interesante saber que no todos los autores e inventores han estado de acuerdo con la restricción de la propiedad intelectual. Quizá un argumento que se acerca más a nuestra postura es el de Lawrence Lessig, catedrático de Derecho de la Universidad de Stanford, en su libro “Por una Cultura Libre“:

Como con los argumentos de Stallman a favor del software libre, una discusión a favor de una cultura libre tropieza con una confusión que es difícil de evitar y aún más difícil de entender. Una cultura libre no es una cultura sin propiedad; no es una cultura en la que no se paga a los artistas. Una cultura sin propiedad, o en la que no se paga a los artistas, es la anarquía, no la libertad. La anarquía no es lo que propongo aquí.[...]

Como estas pequeñas citas, existen muchas más. Es interesante ver que durante toda la historia ha habido disidentes al movimiento de la propiedad intelectual, y como ha ido evolucionando la visión de los creadores a lo largo de la historia. Una lectura recomendada para todos los que queráis profundizar en el tema es el libro Por una Cultura Libre, de Lawrence Lessig, disponible para descarga en el link anterior.

Simple y llanamente, la historia se repite: se innova, los beneficiados protestan y pronostican el fin del mundo tal y como lo conocemos y la justicia da la razón a los innovadores. Se dio con los cilindros de cera, con la radio, con la televisión por cable, con los vinilos, con los casettes, con el CD. Y ahora, con Internet. ¿Cuál será la próxima?

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